"A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado, le es dulce contemplar la serena y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria hacia la gran sonrisa del azul." ~ Jhon Keats.

sábado, 9 de julio de 2011

La Náusea

No es coincidencia que el título de esta entrada sea, precisamente, La Náusea.

Desde hace un tiempo vengo experimentando algo parecido a Antoine, el personaje principal de La Náusea de Jean Paul Sartre. Tengo una sensación extraña conmigo desde hace un tiempo y no he podido quitarmela de encima, es verdad que la lectura del libro de Jean Paul no me ayuda mucho que digamos, pero, siento que es algo que está por encima de mí y que no puedo controlar, y es la necesidad imperiosa de hacer algo, por más improductivo que sea: desde mirar varias veces el home inactivo del Facebook, hasta revisar varias veces el Time Line de Twitter, ver alguna serie, peli o lo que se le parezca, y cuando no es en el computador, se apoderan de mi los instintos más primarios: comer o dormir. 

Me encuentro en medio de una espiral que no me libera de sus redes y me estoy desesperando. Mi espalda me acusa, la cabeza con su martilleo insesante también. Siento la necesidad de estar ocupada, porque sospecho que detesto sentirme inútil y sin oficio, y, sin embargo, soy capaz de las proezas más grandes cuando se trata de echar a perder el tiempo que nunca recuperaré jamás.

También es cierto que se acerca mi hora de entrar a trabajar por primera vez en mi vida y eso me tiene algo ansiosa, pero ello no justifica mi necesidad de estar ocupada todo el tiempo, como si tuviera que demostrar algo a alguien... cuando a nadie que no sea yo debería importarle. Yo soy mi única juez y motivadora, y caigo en la trampa de sentirme importante cuando los demás observan algunos de mis trabajos bien hechos. No me gusta esta sensación porque he perdido interés en la vida. Me pierdo con facilidad un amanecer por estar haciendo pereza en la cama, pierdo tiempo de calidad con mi madre por andar pendiente de mi mundo virtual ficticio y resquebrajado; dejo a mi perro morir de aburrimiento y me pierdo del aire fresco por pereza de levantarme temprano, o bien, de salir a caminar... y lo que es peor, evito el contacto con la gente por temor a no saber qué conversar, pero al mismo tiempo lo añoro como prueba de que no soy tan fracasada como ser humano como me convencí hace tanto de que era. Es un extraño circulo en el que me siento estancada, y mis ansias de mundo crecen cada vez más y se amontonan en mi cabeza con miles de imágenes de lugares remotos y paradisíacos que quisiera conocer, cuando se me olvida que soy como una Rapunzel encerrada en mi propia torre segura de la que no me atrevo a salir por temor a enfrentarme a lo que sea que venga.

Pero eso debe de cambiar, no sólo porque, como dice un proverbio samurai: "ser y actuar son uno y lo mismo", y yo me estoy negando la oportunidad de ambas cosas, sino porque no me debe dar miedo mostrarle al mundo quién soy realmente, porque, aunque no soy el mejor ser, tampoco soy el más miserable que ha pisado ésta tierra y me merezco una oportunidad como cualquiera, y yo misma soy al llamada de dármela.

martes, 5 de julio de 2011

Infantil Abandono

Era un día caluroso de verano.

La familia estaba reunida pasando un rato agradable en la finca del padre, quien había salido de un matrimonio infelíz y luego habñi llegado a otro, lleno de tranquilidad. Una utopía completa, los hijos del anterior matrimonio se encontraban con él y su esposa pasando el rato.

Uno de ellos decidió salir con su esposa a dar una vuelta y le pareció propicio llevarse a la pequeña nena de su padre. Al parecer a todos les agradó la idea. La madre, sin embargo, tuvo que callar su recelo hacia aquel ofrecimiento. Después de algún tiempo, venian en el auto, el hijo y su esposa, pero la pequeña niña no estaba por ninguna parte. Lo recordaron, la habían dejado en el establecimiento al que habían ido y regresaron por ella.

La niña estaba sentada en una acera al frente de aquel lugar. Dos ríos de lágrimas habñian pasado por sus pequeños ojos café oscuro hacía unos instantes. Los rastros del juego que la había entretenido se habían esfumado y quedaban atrás. 

Volvieron por ella. La niñita no sonrió hasta que estuvo de nuevo en los brazos de su madre, a quién no abandonó ni un instante más. Y ahí estaba la utopía, la bella familia del padre reunida con la antigua... pudo terminar en tragedia, pero no lo hizo. Años después, la niña descubriría la anécdota del primer rechazo que sufrió en su vida, y desde ese entonces confirmó lo que ya sabía: no tenía medios hermanos, tenía unas zanguijuelas interesadas en sacar lo que más pudieran de su padre, ya viejo y empobrecido por culpa de los excesos de los hijos anteriores y ella no permitiría más atropellos, evitaría a toda costa que su padre sufriera, que su madrese angustiara nuevamente, y que su hermano las viera negras a causa de ellos.

Lo que no fue no lo sería nunca.  Las utopías no existen y ella lo sabía perfectamente.