Era un día caluroso de verano.
La familia estaba reunida pasando un rato agradable en la finca del padre, quien había salido de un matrimonio infelíz y luego habñi llegado a otro, lleno de tranquilidad. Una utopía completa, los hijos del anterior matrimonio se encontraban con él y su esposa pasando el rato.
Uno de ellos decidió salir con su esposa a dar una vuelta y le pareció propicio llevarse a la pequeña nena de su padre. Al parecer a todos les agradó la idea. La madre, sin embargo, tuvo que callar su recelo hacia aquel ofrecimiento. Después de algún tiempo, venian en el auto, el hijo y su esposa, pero la pequeña niña no estaba por ninguna parte. Lo recordaron, la habían dejado en el establecimiento al que habían ido y regresaron por ella.
La niña estaba sentada en una acera al frente de aquel lugar. Dos ríos de lágrimas habñian pasado por sus pequeños ojos café oscuro hacía unos instantes. Los rastros del juego que la había entretenido se habían esfumado y quedaban atrás.
Volvieron por ella. La niñita no sonrió hasta que estuvo de nuevo en los brazos de su madre, a quién no abandonó ni un instante más. Y ahí estaba la utopía, la bella familia del padre reunida con la antigua... pudo terminar en tragedia, pero no lo hizo. Años después, la niña descubriría la anécdota del primer rechazo que sufrió en su vida, y desde ese entonces confirmó lo que ya sabía: no tenía medios hermanos, tenía unas zanguijuelas interesadas en sacar lo que más pudieran de su padre, ya viejo y empobrecido por culpa de los excesos de los hijos anteriores y ella no permitiría más atropellos, evitaría a toda costa que su padre sufriera, que su madrese angustiara nuevamente, y que su hermano las viera negras a causa de ellos.
Lo que no fue no lo sería nunca. Las utopías no existen y ella lo sabía perfectamente.

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