Meditaba rememorando el mar, el dulce sonido de las olas expandiénsose inexpugnables...
Recodaba nostálgica aquella paz que por primera vez me hizo amar el silencio y la soledad. En aquél lugar en medio de la nada, sumido en tantas necesidades, aprendí algo que, estoy segura, no hubiese aprendido de ninguna otra manera ni en ningún otro lugar.
Conociéndome como bien lo hago, salí de mi cueva, pequeña y segura, tan conocida, tan cómoda, tan mía... Zarpé rumbo alta mar tratando de no pensar en lo peor, de no desconfiar, de no temer, de no entristecer. Y cuando regresé, todo aquello por lo que me previne antes de abandonar mi lugarcito, me lo encontré donde menos me lo esperaba, donde pensaba, reinaba un orden similar al que abandoné cuando decidí echarme al mar.
La tormenta marina que no pudo conmigo ni con mis anhelos, se instaló en el desierto que había abandonado. Aparecieron ante mí, sombras de lejanos y remotos cuentos que mi memoria había desechado, que mi inconsciente no había atajado, que mi corazón nunca había alojado, todo eso lo encontré aquí y no allá, donde estaba merced del mundo. En mi certidumbre, no en lo desconocido.
Dentro de mí fluctúa una fuerza natural que bulle y forcejea por escapar y hacer estragos con lo que se atraviesa. Mi voluntad y mi razón, por primera vez, han tratado de mantener a flote los rezagos de lo que, hasta hace un par de días, se supone que fui.
Jamás he contemplado un ideal divino, porque a duras penas pienso en esa entidad y cuando lo hago, instantes diminutos de debilidad y de infantilería, al rato me convenzo de nuevo de que lo único que me queda es esa fuerza natural que existe dentro de mi, y algunas veces me impulsa al desierto triste y desolado, y otra veces me hace anhelar la mar.
Recodaba nostálgica aquella paz que por primera vez me hizo amar el silencio y la soledad. En aquél lugar en medio de la nada, sumido en tantas necesidades, aprendí algo que, estoy segura, no hubiese aprendido de ninguna otra manera ni en ningún otro lugar.
Conociéndome como bien lo hago, salí de mi cueva, pequeña y segura, tan conocida, tan cómoda, tan mía... Zarpé rumbo alta mar tratando de no pensar en lo peor, de no desconfiar, de no temer, de no entristecer. Y cuando regresé, todo aquello por lo que me previne antes de abandonar mi lugarcito, me lo encontré donde menos me lo esperaba, donde pensaba, reinaba un orden similar al que abandoné cuando decidí echarme al mar.
La tormenta marina que no pudo conmigo ni con mis anhelos, se instaló en el desierto que había abandonado. Aparecieron ante mí, sombras de lejanos y remotos cuentos que mi memoria había desechado, que mi inconsciente no había atajado, que mi corazón nunca había alojado, todo eso lo encontré aquí y no allá, donde estaba merced del mundo. En mi certidumbre, no en lo desconocido.
Dentro de mí fluctúa una fuerza natural que bulle y forcejea por escapar y hacer estragos con lo que se atraviesa. Mi voluntad y mi razón, por primera vez, han tratado de mantener a flote los rezagos de lo que, hasta hace un par de días, se supone que fui.
Jamás he contemplado un ideal divino, porque a duras penas pienso en esa entidad y cuando lo hago, instantes diminutos de debilidad y de infantilería, al rato me convenzo de nuevo de que lo único que me queda es esa fuerza natural que existe dentro de mi, y algunas veces me impulsa al desierto triste y desolado, y otra veces me hace anhelar la mar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario